Hace unos días escuché a un comunicador social (llamarlo periodista sería demasiada camiseta para tan pobre jugador) de C5N usar el neologismo "sincericidio". El sujeto hablaba acerca de una confesión que el presidente estadounidense había hecho en la cual reconocía un error cometido. ¡Horrible palabra “sincericidio”! Inmediatamente pensé que era muy triste relacionar el hecho de decir la verdad con el acto de quitarse la vida.
Decir la verdad equivaldría, entonces (para algunas personas), a la muerte. Es verdad que muchas personas fueron asesinadas por defender la verdad: pienso en el posible personaje de la caverna platónica que intentase convencer a los encerrados de que “su” realidad son “sombras, nada más”; pienso en Cristo, en Ghandi, Luther King, el exhilio del Dante (lo cual equivalía a la muerte para el florentino)… El asunto es que a todos ellos los mató “el otro”, alguien que no comprendía o no compartía su visión de la realidad. El suicidio es algo muy diferente...
Claramente el pseudo-periodista intentaba manifestar que el hecho decir la verdad era algo altamente perjudicial para la persona. Lo que creo que no llega a medir es que esto implicaría que, quien dice la verdad, no se valora a sí mismo, no se respeta, no está en sus cabales. En esta línea de pensamiento, las “personas sanas” son las que tergiversan los hechos, trastocan la verdad, mienten completa o parcialmente, omiten ser veraces.
Sabemos que los medios de comunicación no son ciento por ciento los paladines de la verdad, pero que lo digan así, tan abiertamente, parece demasiado. ¿No se supone que un periodista debe valorar como algo positivo el hecho de que un presidente diga las cosas como son? ¿No es esto lo que le pedimos permanentemente a nuestros gobernantes? No creo que B. Obama haya visto su declaración como un acto suicida (convengamos que el moreno no come vidrio)… Entonces, ¿es, acaso, el periodismo el que “mata” a quien reconoce la verdad y, entre eso, sus errores? ¡Cuánta hipocresía mediática!
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